Lionel Messi y su hazaña en el Mundial: la noche en que lo extraordinario se hizo rutina

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AL FILO DE LAS NOTICIAS

La noche del martes 16 de junio quedará grabada para siempre en la pupila de todos aquellos que tuvieron la dicha de ver jugar a Lionel Messi. No solo porque entró en los libros de historia con seis mundiales ni por los 200 partidos vistiendo la albiceleste ni por esos tres goles que anotó en su estreno contra Argelia, con los que ahora suma 16 en el torneo orbital.

No. Todos los que tuvimos la dicha de verlo esa noche disfrutamos cada una de esas hazañas, pero también vimos la grandeza en su máxima expresión. Cuando un jugador parece estar de salida, de retiro, sucede todo lo contrario: Messi pisó el césped de Kansas City y fue como si hubiera bajado una luz del cielo.

Aquel hombre de 38 años hizo gravitar a todos a su alrededor. Cámaras, narradores en todos los idiomas, jugadores propios y rivales siguieron con los ojos bien abiertos cada paso del rosarino. A los pocos minutos, las gargantas explotaron con un gol que luego fue anulado por fuera de juego y que prefiguraba —si es que podemos usar ese verbo— lo que vendría más adelante.

Pero Messi, en esa terquedad infinita que lo ha convertido en el segundo habitante del Olimpo del fútbol —ya Pelé no está solo—, quiso marcar el primer gol a su manera, sin dudas y sin importar cuántos defensores tuviera por delante. Patadón certero, al borde del área grande, y golazo. En toda la pepa. Arriba. Imparable.

Y allí fue cómo confirmó su grandeza: uno siempre lo ve enclenque, diminuto, colándose entre cuatro o cinco en el área, pero olvidamos el poder de fuego de esa pierna zurda. Mortal, certera, indefinible. Ni siquiera el Diego fue tan grande —y vaya que Diego lo fue— como Lionel usando esa extremidad .

Messi también dejó muy claro que no perdona. Ante el error, castiga. Zidane, el portero argelino, intentó controlar un tiro y dejó la pelota allí cerquita, como rifada, sin darse cuenta de la tromba que venía colándose desde atrás. Cuando la vio a su alcance, solo tuvo que poner la bota para hacer vibrar las redes.

Y el colofón fue otra joya. Otro obús, otro zurdazo al borde del área. Hat-trick, triplete, grandeza total. El mundo quedó rendido a sus pies. Todo giró alrededor de Lionel; la noche tuvo un solo protagonista y ahora podemos decir, con toda propiedad, que el Mundial comenzó de verdad.

De ahora en adelante no importa lo que ocurra, tampoco se criticará si aparece un bajón repentino en el rendimiento. La historia ya quedó escrita en el bronce inmortal de la pasión de multitudes, y Pelé, aquel dios que inventó el fútbol y definió el deporte en el siglo XX, ya tiene un compañero eterno.

Pero el verdadero cierre de esa noche no estuvo en los números, sino en el aire. Quedó flotando una sensación rara, casi física, como si el estadio entero hubiese entendido que acababa de asistir a un acto de orden superior, a una de esas páginas que no se explican sino que se aceptan en silencio. Nadie necesitó levantar la voz para confirmar lo evidente: Messi había vuelto a convertir lo extraordinario en rutina.

Y quizá ahí esté la marca más profunda de su grandeza. No es solo que marque, que gane o que siga sumando capítulos; es la manera en que obliga a mirar el juego con otros ojos, como si todo alrededor tuviera que acomodarse a su paso. El fútbol, que tantas veces se vende como una pelea de músculos, de táctica y de desgaste, termina rendido ante un hombre pequeño que juega como si cargara el reloj del mundo en la zurda.

Por eso esa noche no se parece a una estadística ni a una simple crónica de goles. Se parece más a una escena que uno no quiere explicar demasiado para no romperle el hechizo. Messi llegó, tocó la pelota, dejó su firma en el partido y salió dejando detrás ese silencio pesado que solo producen los grandes: el silencio de los que acaban de ver algo que, por más veces que vuelva a repetirse, siempre parecerá la primera vez.

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