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Esmeralda murió desgarrada en su intimidad por la rabia sexual del profesor, según MP

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SANTO DOMINGO.- Esmeralda Richiez murió desgarrada en su intimidad y se desangró la misma noche que el profesor John Kelly le practicó sexo salvaje y brutal, según el Ministerio Público.

La acusación establece la línea temporal de los hechos. Todo lo calculó el profesor de matemáticas: él fue la mente maestra.

La desgracia ocurrió la noche siniestra del domingo. A eso de las 7:20 p. m., John Kelly, su primo Rubén Morillo y tres menores van en un carro a buscar a Esmeralda, en Higüey. Con todos a bordo, el profesor se dirige a las costas de una playa en Bávaro.

Llevado por sus maquinaciones y pensamientos brutales, echa pastillas en una bebida y se la da a Esmeralda, que se la toma con el candor de sus 16 años. Todos disfrutan con la música contagiosa. Parece un paseo de escuela, pero es de noche y hay menores en la escena. Solo el profesor es consciente de lo que está por suceder, y apura lo que viene…

Llegan cerca de la playa fresca. El mar es tan alegre como los mismos paseantes. Sopla un viento nocturno y agradable. Han tenido que recorrer largos kilómetros para llegar a esta alfombra mágica de arena y sal. Las menores se sienten libres: están lejos de sus padres, vibran al compás de la música pegajosa, pueden quemar hasta el topete la última adolescencia.

Para gozar al aire libre, el primo y las menores salen del vehículo. El profesor y Esmeralda se quedan adentro. Entonces sucede un episodio que los investigadores tratan de reconstruir a partir de testimonios y entrevistas. Solo hay desechos de memoria, sobras de recuerdos, bagazos mentales. Las piezas del rompecabezas andan sueltas, pero se van juntando lentamente.

Animado por la belleza transparente de Esmeralda, y tentado por esa piel cristalina, el profesor cedió a la tentación y ejecutó su maniobra saciando sus instintos más salvajes. Aprovechó la gran oportunidad de llevar a cabo su plan macabro.

Las pastillas no tardaron en surtir su efecto. La joven, ya sedada, estaba como fuera de sí, en una especie de éxtasis que solo fue roto por la acometida rabiosa del profesor, quien se despojó de todo escrúpulo docente y sacó al macho que llevaba dentro.

En efecto, le entró con rabia al cuerpo que tenía delante, desgarrando sus partes más íntimas. El carro se balanceaba mecido por la intensidad del acto sexual. El profesor entraba y sacaba sin piedad el animal encabritado que relinchaba entre sus piernas. Esmeralda recibía las acometidas de ese toro macho. En el momento no sentía más que un placer forzoso y agotador, pero la música encendida no delataría la acción. Los otros estaban «muy quitados de bulla», gozando a su manera ellos también. La gozadera era de todos.

Unos minutos después, entre bebidas y cherchas, empezaron los jirones de la tragedia. Esmeralda comenzó a manchar sangre, en un chorro imparable de gotas rojas, cada vez más espesas y abundantes. La piel blanca se volvió pálida y lívida a pesar de la oscuridad invernal. Las fuerzas se le iban, y ella se desmayaba. El día de San Valentín se acercaba y ya lo habían celebrado por adelantado y en grande. Como nadie sabía lo que iba a ocurrir ese martes, había que celebrar el domingo. Pero no habría más día de la Amistad para ella: sería su último goce.

Ya cuando van de regreso, el profesor hace los cálculos de la contingencia, afronta los cauces desesperados de lo ocurrido. Se detienen en una farmacia, compra medicamentos, agua y toallas sanitarias para Esmeralda. Estas herramientas, sin embargo, no logran su cometido: la joven apenas se calma, sufre desmayos súbitos, sigue desangrándose. En realidad se estaba muriendo a fuego lento, derramando sin cesar el líquido rojo de la juventud. Ella, una flor alegre y vistosa, terminará marchitada en su propia sangre.

Cuando vuelve a su casa, al filo de la medianoche, los padres la notan extraña, cubierta por una grave palidez en el rostro. Le preguntan qué le pasa. Ella dice que nada, que tan solo es la menstruación. Entonces le dan otras toallas sanitarias. Nada de eso frenó la sangría. Su mejor amiga, que andaba en el paseo, se queda en su casa a dormir con ella. Pero el papá llega y se la lleva: su hija no iba a dormir fuera de casa. Esmeralda se queda sola, sin más consuelo que un celular para contarle a su amiga a distancia la angustia que la devora por dentro, con ese chorro sangriento saliendo a mares por sus partes. La cama estaba ensangrentada. La sábana también.

Le envía un mensaje de voz a su amiga que se fue. Lo que le sale es un ruego, una súplica, una confesión. Le dice que el profesor se lo hizo de forma despiadada y brutal, dejándole esos órganos destrozados por dentro. Ella implora ayuda, presiente su muerte cercana y temprana. Va al baño, tratando de aferrarse a un lavado estéril. El piso queda manchado. Sufre un shock hipovolémico: los órganos no reciben suficiente oxígeno de la sangre. Muere.

Así la encuentran sus padres en la mañanita del lunes. Esmeralda se había ido para siempre, dejando la aleccionadora enseñanza de que los padres deben ser padres pero también amigos de sus hijos. La confianza debe unir a unos y otros. A veces callar es morir, y morir para siempre a la escasa edad de 16 años.

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